Hace 4,500 kilómetros que no te veo, pero el panorama ha empezado a mejorar.

Actualizado: 24 de jul de 2019

Hace no mucho pensé que sería imposible no despertar a tu lado, mi necedad de idealizarte me negaba la realidad de nuestra miseria, el miedo a la soledad y al que dirán pesaba en mis razonamiento, mi corazón necesitaba que tú vibraras con el, quería escribir la mejor historia contigo. Poco a poco empecé a notar que la persona que salía sonriendo y abrazada a mi en muchísimas fotografías del pasado, ya no eras tú, algo en el transcurso de los años la había transformado, le había quitado el brillo a sus ojos y la consideración de aquellas épocas. Un buen día me hice valiente, anhele otro desenlace a mi vida, cerré la puerta y tiré la llave, en un par de bolsas me lleve lo que podía necesitar para viajar ligero, en paz y en armonía conmigo mismo. La ruta fue de subida, con altibajos y con una necesidad recurrente de saber de ti, a pesar de que mi cura estaba precisamente en no hacerlo más, empecé por llorarte y después ya curado de ti, lloré por mi, por todo lo que me hice estando a tu lado, por las veces que no tuve el valor de hacer lo correcto y por perder mi dignidad una y otra vez ante ti, lloré por mi, por haberte tolerado todo, o casi todo. Después de esa tormenta severa de sentimientos y de cruzar el desierto de mis inseguridades pude reencontrarme, sobrio, entero, feliz y seguro de mi mismo, volví a sonreír por simplezas de la vida, y entendí entonces lo amargado

que fui a tu lado, la infelicidad que habías sembrado en mi fue severa, tanto que me transformé en alguien más, perdí mi esencia, mi norte y mi misión en la vida. Hoy a miles de kilómetros de ti y con mi espíritu restaurado, te digo gracias, fuiste una maestra de primera, que me enseñó lo que en esta vida vale la pena, y a como ser valiente. Hoy frente a este hermoso paisaje, te perdono.


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